No podéis ser padres

El silencio rebota en las paredes de la sala. Todos se miran de reojo sin hablar. Él mira la hora y Ella se entretiene gastando datos en su móvil. Nadie les avisará que el sonido estallará y nunca cesará.

Mientras esperan, un hilo de voz le llama por su nombre. Ella, muy nerviosa, no es capaz de bloquear su terminal y soltarlo en su bolso.

Juntos, entran en una consulta fría, con focos deslumbrantes e imágenes de bebés regordetes y felices.

El hombre que les espera ha pasado mala noche y no tiene ganas de ser amable, así que, sin pudor ni enrojecimiento, les espeta la noticia.

No podéis ser padres

Nadie sabe cómo tanta agua pudo rebosar, tan rápido, de aquellos ojos claros. 

Nadie sabe cómo el desmayo dio paso a la risa nerviosa. 

Nadie sabe el sufrimiento que Ella sintió y que hoy perdura. 

Nadie sabe por qué Él, rígido como una tabla, hermético como una cámara hiperbárica, no dijo nada y salió en silencio, sin que su garganta volviera hablar jamás de por qué Ella no podía tener hijos.

El tiempo transcurrió para ambos de forma distinta. La vida se volvió distinta. 

El vacío, de su corazón, no pudo ser reemplazado y dejó que el hielo entrase en él para siempre. 

Las siete llaves con las que Ella cerró el suyo, tras tirarlas al fondo del océano, hicieron que ese amor, que una vez sintieron el uno por el otro, se desvaneciera y saliera por debajo de la puerta.

La Endometriosis no entiende de amoríos ni de romances jurados ante mil testigos. 

La Endometriosis llegó en silencio y, cuando estalló en gritos, Ella ya sabía que  en la vida se nace dos veces, una cuando te alumbra tu madre y otra cuando das el paso y te conviertes en Endovikinga a sangre y fuego.



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